Francisco Fernández Pardo
"... algunas estampas que pasan por magistrales, pero también un repertorio de otras no menos excelentes, absolutamente inéditas y nunca vistas, halladas por azar aquí o allí, en un librero de viejo, en una almoneda o subasta que, sin duda harán las delicias del experto."
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Antología del grabado europeo

Algunas ilustraciones
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Antología del grabado europeo: de Durero a Goya

Introducción

Quiero presentar al lector-espectador mis excusas por haber usurpado un título quizás excesivo para esta exposición. El repertorio de grabados que se muestran en ella no es en modo alguno completo y para ofrecer una verdadera antología del grabado en Europa sería preciso incluir miles de ejemplares, no siempre disponibles o de fácil préstamo. No debernos ignorar que estamos hablando no de lienzos o tablas, sino de un soporte de papel especialmente frágil y delicado al que la humedad y temperatura, la intemperie, la luz o la incuria afectan notablemente. Por otra parte existen piezas consideradas antológicas que circulan reproducidas en los mejores libros, que si bien valen más que mil palabras, su valor desde un punto de vista estetico resulta discutible.

Desinteresados por este valor popular o histórico, aquí hemos dejado un poco de lado su contenido o significado para fijarnos en su valor técnico y artístico. Lo que nos ha permitido juzgar esta exposición como antológica es el esfuerzo para intentar que, en poco más de medio centenar de estampas, llevemos ante los ojos del visitante un repertorio de grabados finamente seleccionados por su ejecución y su virtuosismo, espumados entre los más bellos de los realizados durante cinco siglos. El carácter de este catálogo, en el que se privilegia sobre todo la calidad y fidelidad de las imágenes a expensas del texto, ofrece una prueba de ese intento. Se trata de una ordenación algo artificiosa pero suficiente a través de la cual hemos querido dar a conocer algunas estampas que pasan por magistrales, pero también un repertorio de otras no menos excelentes, absolutamente inéditas y nunca vistas, halladas por azar aquí o allí, en un librero de viejo, en una almoneda o subasta que, sin duda harán las delicias del experto. Este dato, a mi parecer, concede a esta exposición una virtualidad que justifica el título.

Ciertamente, no es nuestro país un lugar donde el grabado haya encontrado muchos practicantes. Ya se habla en el libro de sus causas y no vamos a entrar en detalles. Lo peor es que tampoco se han formado escuelas de grabadores, ni se han realizado estudios exhaustivos de ellos, y para colmo, tampoco hemos concedido demasiado importancia a los grabados circulantes pese a que España ha sido un país privilegiado, ya que durante los siglos XVI y XVII entraron por sus fronteras ingentes cantidades de ellos, acaso como en ninguna otra nación europea. Lo ocurrido con nuestros dibujos resulta paralelo a lo que ocurrió con los grabados: nos desentendimos de ellos, no los apreciamos y ello ha producido una penuria gravísima en nuestro patrimonio artístico y también histórico.

Los primeros en advertir las consecuencias de este desinterés fueron, ya en los siglos barrocos, Jusepe Martínez y A. Palomino, entre otros, y más tarde los académicos J.F. Pacheco y el mismo Lafuente Ferrari. No fue suficiente que aparecieran entre nosotros Ribera y Goya, nuestras mejores luminarias en este área artística, para incentivar su cultivo y protección. Durante siglos las pérdidas para nuestro patrimonio fueron incesantes, como lo prueba el número de incunables del grabado en metal, absolutamente raro y escaso. Excluida la Calcografía Nacional que carece en absoluto de grabados extranjeros, si no hubiera sido por la sagacidad de unos personajes como Agustín Ceán Bermúdez que reunió una colección extraordinaria, luego adquirida por Valentín Carderera, nuestra Biblioteca Nacional carecería hoy de los repertorios que posee. Parejo caso ofrece el Museo de la Real Fábrica Nacional de la Moneda, cuyos mejores ejemplares se deben al interés -y al dinero- de ciertos profesionales que trabajaron en ella.

No carecen de excelentes grabados la Real Academia de San Fernando y la Biblioteca de El Escorial, pero hay que conceder que el coleccionismo privado, comenzando por los ejemplares reunidos en el Palacio de Liria, ha sido y es el causante de la recuperación de una mínima pero selecta parte de aquel ingente patrimonio de estampas que otrora heredamos, hoy destruidas o en paradero desconocido.

Ciertamente ha sido escaso nuestro coleccionismo cuya historia también busca un historiador avezado; y muy lamentable el desprecio mantenido hacia las estampas. Sólo el desaparecido Instituto Ephialte de Vitoria dio pruebas de su interés por el mundo del grabado. Por eso debe admitirse que gracias a estas raras personalidades, sagaces rebuscadores en carpetas y asistentes a subastas, y no tanto a nuestras instituciones, debemos lo poco que poseemos. Hoy se conocen estimables coleccionistas del grabado como Correa y otros que guardan su nombre en el anonimato quienes, en los últimos años se entregaron con ardor a su pasión coleccionista y lograron encontrar piezas de valor inestimable. Fue una suerte que, antes de que desaparecieran del comercio del arte engullidas por agentes norteamericanos, unos pocos coleccionistas lograran recuperar un patrimonio que desapareció sin remedio.

Al margen de las aportaciones oficiales, los fondos que exhibe esta exposición son resultado precisamente de esa actividad excitante y a veces obsesiva que constituye el coleccionismo privado. Precisamente por ello y como dije, una de sus mejores virtudes estriba en la rareza de muchas de las estampas exhibidas, nunca estudiadas y menos vistas. Al menos yo no las reconozco en muchas calcografías europeas. Confio que si no al valor de mi trabajo, al menos tal originalidad y rareza no escaparán a la agudeza del experto que visite la exposición. Y espero también que, fiado por su calidad, el visitante curioso y admirador del arte acerque su lupa a estas estampas y se maraville ante tanta habilidad y paciencia.

Por fin, durante los últimos decenios estamos concediendo importancia a dibujos y bocetos, a su genialidad improvisadora. Con independencia del inmenso valor que tienen las estampas en la evolución del arte y en el conocimiento del pasado europeo, hora es de que también demos importancia a los dibujos hechos no sobre papel sino sobre planchas de cobre y concedamos valor al virtuosismo de unos aguafortis-tas que quisieron transmitirnos en blanco y negro la textura y calidad de la pintura, y de unos artistas que trabajando con el buril o la gubia dejaron patente en los surcos de la madera una pericia, hoy absolutamente perdida, cuyo valor estático resulta indiscutible. Pero dejémonos ya de perorar y aprestémonos a admirar sin más ese virtuosismo que deleitará nuestros sentidos en cuanto, cargados de curiosidad, tomemos la lupa y contemplemos sus detalles.

Francisco Fernández Pardo
Comisario de la Exposición

Francisco Fernández Pardo Comisario de la Exposición

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