Francisco Fernández Pardo
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Damián Forment

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Damián Forment. Escultor renacentista

Cap. I. Talleres y obras en la encrucijada vasco-riojana

Antes de hablar de Forment y del desarrollo alcanzado por la estatuaria religiosa durante el siglo XVI en La Rioja y su entorno, es preciso retrotraerse al siglo anterior y conocer de dónde derivó aquel extraordinario desarrollo, tan esplendido como poco conocido. Para ello debemos situarnos necesariamente en el norte de Europa, la rica y floreciente zona que no sólo monopolizó el comercio europeo sino que logró el más alto grado de organización artesanal jamás alcanzado en siglos posteriores.

Mientras hacia el año 1400 aparecía Dijon como la metrópoli artística de todo el ducado de Borgoña, incluso de sus provincias neerlandesas, en el decurso del siglo XV la dirección artística corrió a cargo de las florecientes ciudades de los Países Bajos germánicos, cada vez más independientes. A la demarcación idiomática del bajo alemán pertenecían entonces toda Holanda y la mayor parte de Flandes y Brabante.

Aunque deba reconocerse la gran participación que en el progreso artístico tuvieron los Países Bajos, que ya entonces hablan francés, y también el impulso otorgado al arte por los Duques de Borgoña y sus allegados franceses, no debe ignorarse que en el norte de Europa, fueron los Países Bajos germánicos los principales mantenedores del gran movimiento artístico del siglo XV.

Los ecos de tales avances llegan a España precisamente cuando nuestro país, y en concreto Castilla, atravesaba en la primera mitad del siglo XV una profunda crisis artística. Penetran al socaire del intenso comercio lanar mantenido con aquellos países, primero al estrecharse las relaciones por la política matrimonial de los Reyes Católicos, que casan a su hijos con los nietos y herederos del último Duque de Borgoña, y luego al depender políticamente de nuestro país. Como verdaderas contrapartidas a las remesas de lana, llegan al principio tímidamente, cuando al regresar los barcos a España, incorporan piezas preciosas tales como tapices, sargas, marfiles o pinturas sobre tabla, cuya perfección comienza a sorprender. Se inicia pujante la moda por aquellas "preciosidades" y, masivamente, nobles, diplomáticos y cabildos se las disputan. Desde allí, diplomáticos como Juan Rodríguez de Fonseca o el embajador Francisco de Rojas; y desde aquí, la misma Juana y su marido Felipe el Hermoso, impulsan la adquisición de las piezas más ricas e imponen la moda entre la aristocracia. Estas importaciones se incrementan todavía con sus sucesores.

Texto extraído de Damián Forment
Francisco Fernández Pardo

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