Francisco Fernández Pardo
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"Toma como punto de partida la Guerra de la Independencia, siguiendo un agotador recorrido hasta nuestros días"
"Honremos la memoria de quienes se sacrificaron hasta el final contribuyendo a que las pinturas alcanzaran indemnes su destino"

Prólogo: Dr. José Manuel Pita Andrade

Profesor emérito de la Universidad de Granada.
Director honorario del Museo del Prado.

Como patrono de la Fundación Universitaria Española y director, en su seno, del Seminario de Arte e Iconografía, nos satisface profundamente que nuestra institución está presente en la publicación de una obra documentadísima y de excepcional interés, fruto de la vocación investigadora de Francisco Fernández Pardo, que sumó esfuerzos y competencia para estudiar a fondo cómo se produjo la "Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español". Un tema palpitante que, por desgracia, nos enfrenta con el reconocimiento de las pérdidas irreparables sufridas tanto en el riquísimo campo de nuestros bienes muebles, como en el de nuestros monumentos; por si fuera poco, a las demoliciones y menoscabos de edificios singularísimos, se añade, con suma gravedad, el irreversible deterioro urbanístico de señeras ciudades (escribo desde Granada) fruto de la rapacidad de los especuladores y de sus cómplices.

El autor, tras un patético y certero diagnóstico inicial de la cuestión (dedicando un merecidísimo homenaje a la labor realizada por un excelente amigo, Juan Antonio Gaya Nuño) y de detallar algunos precedentes, toma como punto de partida la Guerra de la Independencia, siguiendo un agotador recorrido hasta nuestros días, en donde las sombras pesan muchísimo más que las luces. Entre éstas no quiero dejar de anotar que los expolios de cuadros realizados durante la francesada contribuyeron decisivamente a que nuestra pintura fuera conocida y valorada en el país vecino. Avanzando hasta el siglo pasado y deteniéndonos en la década crítica de los treinta, que incluye nuestra horrenda guerra "incivil", queremos hacer una pausa con objeto de tocar algunos puntos cargados de amargas y lacerantes memorias.

El ser octogenario consiente que retengamos en vivo episodios tan descorazonadores como las quemas de templos y conventos en 1931 y 1934. Recordamos que, en este último año, desde la terraza de nuestra casa en el barrio de Argüelles de Madrid (dos años después quedaría totalmente destruida), siendo claro está un niño, contemplando las llamas que consumían la iglesia de San Luis en la calle de la Montera, fuimos testigos de una tremenda discusión entre los vecinos, unos condenando y otros no aprobando, pero sí exculpando a los promotores del luctuoso suceso. A nuestra mente infantil le costaba mucho trabajo entender que una sólida construcción y las cosas que cobijaba (por fortuna, todavía no las personas) fuesen víctimas propiciatorias de los odios sentidos por las masas populares hacia congregaciones que no deberían estar divorciadas de ellas. ¿Por qué todo aquello? No vamos a tratar aquí de ofrecer respuestas, porque habría que dar más que una renovando las polémicas de aquellos vecinos. En cualquier caso, quede bien claro, y por encima de todo, la condena sin paliativos de los incendios y de las pérdidas que acarrearon.

Pasado un bienio las destrucciones en ambas Españas resultaron atroces. Para justificarlas, si recurriéramos a los Evangelios, nadie podría tirar la primera piedra. Lo decimos porque, recorriendo las dolidas páginas de Fernández Pardo sobre el tema, los lectores criticarán unas veces a los de un bando y luego a los de otro. Especialmente vidrioso resulta otro hecho: cuanto se relaciona con el Museo del Prado y las peripecias vividas por sus cuadros hasta que llegaron a Ginebra. Tuvimos la fortuna de conocer a uno de los restauradores, Arpe, que estuvo en la brecha y nos relató algunos de los riesgos padecidos. Honremos la memoria de quienes se sacrificaron hasta el final contribuyendo a que las pinturas alcanzaran indemnes su destino. En otras áreas también debemos expresar profunda admiración ante la labor realizada por personas que lucharon denodadamente por salvar nuestros tesoros artísticos; tuvimos la suerte de conocer a protagonistas de excepción, como Gómez-Moreno y Chueca Goitia, en Madrid, o Chamoso Lamas en la zona llamada nacional; la nómina de dichas personas fue muy crecida.

Pese a los esfuerzos, entonces y después, por defender nuestro patrimonio (hay que enaltecerlo) quedan abiertas fisuras por las que todavía se filtran y se pierden obras de valor. Pero gracias a la abrumadora riqueza de nuestro acervo artístico es mucho lo que queda y que es preciso a toda costa conservar. En lo que concierne a los bienes de carácter mueble el estado actual de la cuestión presenta facetas evidentemente positivas. Tras las depredaciones (insistamos que resultaron gravísimas, por ambas partes, las habidas durante la Guerra Civil) y enajenaciones incontroladas registradas en varios lustros posteriores a ella, se intensifica ahora un comercio activo cada vez más dentro de cauces legales. A los años en que, tras la inicua contienda, chamarileros desaprensivos tenían acceso a las clausuras de los conventos realizando pingües además de fraudulentos negocios y, a nivel privado, el coleccionismo discurría por sendas escondidas, sucedió un comercio de los mencionados bienes que se desarrolla a la luz del día; los frutos de las transacciones hacen incluso acto de presencia en exposiciones temporales, ahora en auge. Al esotérico anticuario de antaño siguieron las casas que organizan subastas públicas, con catálogos ilustrados, a las que acuden, no solo particulares, sino el Estado que rescata a veces creaciones valiosas. Sin prisas, pero sin pausas, los museos están llamados a jugar un papel trascendental como depositarios de las creaciones que van pasando de manos de particulares a organismos públicos. Mirando al mañana resulta cada vez más prometedor el futuro de las obras de arte bajo control, aunque algunas acaben emigrando dentro del mundo globalizado en que vivimos gracias a eso que se llama "libre circulación de bienes".

Las lúcidas palabras que siguen a las nuestras, escritas por un querido y admirado compañero, el profesor Pérez Sánchez, nos ahorran muchos otros comentarios que cabría hacer en torno a los asuntos que se debaten en la obra. Por nuestra parte sólo quisimos llamar la atención sobre cuestiones muy precisas. Lo importante es adentrarse en la pluralidad de temas que aborda Francisco Fernández Pardo y calibrar la magnitud de algunos. Felicitémosle por las copiosas aportaciones que ofrece y felicitémonos por disponer desde ahora de un muy nutrido caudal de testimonios que completan y enriquecen los ofrecidos por otros autores, de un modo especial por nuestro inolvidable Juan Antonio Gaya Nuño.

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