Francisco Fernández Pardo
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"Algunas veces llegan a simular robos espectaculares para lograr el 'marketing' y publicidad que revalorice el autor o la obra".

Un cáncer que perdura o la venta del tríptico de Nájera en Londres

Hoy constituye una noticia "nacional" la venta en subasta de un cuadro robado en 1913 de la localidad riojana de Nájera. El hermosísimo tríptico de Ambrosius Benson cuyo expolio se realizó sin violencia y quizás con la complicidad de ciertos najerinos eliminando el fluido eléctrico del pueblo en la noche de Pascua, fue sin duda un robo "por encargo" y su gran divulgación en la época produjo alguna inquietud entre quienes lo perpetraron ya que quizás temiendo su difícil evasión (medía tres metros y medio de largo y pesaba 14 arrobas ) buscaron chantajear al párroco y al pueblo para obtener una gran cantidad por su rescate. Desgraciadamente traspasó nuestras fronteras y hoy conocemos el nombre del primer afortunado que lo poseyó e incluso el de los poderosos coleccionistas y marchantes que tras él especularon con la grandiosa pintura.

Este hecho no es de ningún modo episódico o excepcional. Con sólo leer los catálogos de las subastas que anuncian las multinacionales del comercio de arte, Sotheby's y Christie's, comprobamos reiteradamente cómo grandes pinturas y objetos de arte españoles que han sido robados se divulgan y venden con la mayor impunidad. No podemos decir que quienes participan en este bochornoso mercado ignoren el origen y procedencia de muchas de las piezas que se subastan, ni tampoco que desconozcan la autenticidad de ellas. Los ladrones utilizan intermediarios de prestigio en sus negocios y enmascaran los expolios "colocando" sus mercancías entre coleccionistas, marchantes y museos. Y antes de proceder a su compra o subasta, las piezas que tienen un mayor relieve no dejan de ser examinadas y expertizadas por los técnicos que contratan para dejar bien clara su autenticidad y valor. Queda por resolver la legalidad de la transacción, pero los gabinetes jurídicos de que disponen siempre encuentran resquicios y engaños para soslayar las leyes. ¿Cómo lo hacen? De ningún modo denunciando el robo manifiesto o declarando los nombres de quienes presentan la oferta, sino aliándose con ellos.

Las argucias que emplean son múltiples. Algunas veces llegan a simular robos espectaculares para lograr el 'marketing' y publicidad que revalorice el autor o la obra. Y si el robo objeto de subasta es reciente quienes se hacen con la pieza suelen esconderla y mantenerla oculta hasta que el delito prescribe. No es infrecuente que el botón se mutile o trate de dispersarse lo más posible para hacer que su localización sea más opaca y difícil. Y desde luego, es conocido el sucio juego de las subastas cuyo reclamo es un bajo precio de salida como "gancho", en una oportunidad que no alcanza nunca el aprovechado, pues la casa de subastas sitúa cómplices para pujar y situar el precio de la pieza en la suma estimada, de manera que nunca baje del precio de valor que el vendedor desee.

No podemos avenirnos, por argucias jurídicas al servicio de multinacionales, a justificar ventas públicas de robos, argumentando la prescripción de delitos que sólo benefician a los especuladores. En el caso del tríptico de Nájera se ha utilizado el viejo ardid de la multiplicidad de propietarios para no retirar la pieza de la subasta, entendiendo que el último de ellos lo adquirió "de buena fe" y "tiene derecho sobre él". Ahora bien, quienes adquieren pinturas de un valor tan relevante, con un precio de salida superior a 1,16 millones de libras, no son gentes tan menesterosas, indoctas o imbéciles que ignoren lo que poseen. Y en el caso de esta notabilísima pieza obvio es que el ofertante tenía que conocer bien las obras de Justi, de Haverkamp Begemann, de Von Bodenhausen, de G. Marlier, o del famoso Friedlánler y las mías ("Las tablas flamencas en la Ruta Jacobea", "Dispersión y destrucción del Patrimonio Artístico Español", 4 tomo) donde aparecen claramente las vicisitudes del clamoroso robo. Tampoco cabe ignorar que los anteriores propietarios, reputados especuladores y marchantes, no supieran e ignoraran que, al comprarla, adquirían una obra expoliada y extrañda de España contraviniendo las leyes en vigor.

Y sin embargo, el famoso tríptico dado por desaparecido y robado con premeditación ha sido vergonzosamente subastado con el consentimiento y la complicidad de Sotheby's en Londres sin que el Gobierno de España y la Comunidad de la Rioja pudieran hacer otra cosa que alzar el grito, plantear una exigua puja y retirarse sin opción alguna para impedir la subasta, hacer intervenir a la Interpol, movilizar a nuestra diplomacia o conocer al menos el nombre del comprador, ignominiosamente ocultado por la casa de subastas al igual que el vendedor. Lo que sorprende de todo ello es que, una vez más, el robo haya quedado sin castigo y el beneficio lo obtengan lo cómplices que han intervenido en la transacción. Y que incluso estuviéramos dispuestos a pagar más de un millón de euros (se subastó en 1,46 millones de euros) por rescatar lo que era nuestro.

Hecho como el que se narra nos puede escandalizar pero los que vemos cómo todos los meses se reproducen una y otra vez, estos sucesos ya no mueven nuestra indignación. Lo que más nos escandaliza es que nuestras autoridades den por bueno el robo y su prescripción y dejen pasar estas tropelías. Debiera primar en estos negocios la máxima de pieza expoliada, pieza invendible o con devolución obligada al perjudicado. Pero lejos de ello, se hace ostentación pública y divulgación internacional de la obra para obtener mayores pujas por parte de ricachos e instituciones que se convierten en cómplices de los latrocinios. Nadie ignora que en estos sucios negocios interviene gente e instituciones poderosas con las que nadie se atreve. Yo no acepto de ningún modo la inocencia e ignorancia de los especuladores de estas obras, ni tampoco que una casa de subastas, capaz de redactar una ficha catalográfica tan exhaustiva como la que acompaña a la pintura de Nájera, ignore ése y otros muchos espectaculares expolios que, a sabiendas de su ubicación original o de clandestinas ofertas, contribuye a divulgar con sus subastas para obtener porcentajes de venta abusivos. Las fuertes sanciones que en los últimos años han recibido las todopoderosas y centenarias casas de Sotheby y Christie por sus trapicheos y acuerdos mutuos no han detenido sus ilegales manejos, y seguimos asistiendo a la pasividad de unos Gobiernos (y de la Iglesia ) que ven cómo su patrimonio se desangra y dispersa, sin que tras estos escándalos emprendan de una vez acuerdos multilaterales, cambien las leyes e impidan que los robos pasen a la legalidad.

Claro que todo esto es predicar en el desierto y soy consciente que este escrito tampoco producirá demasiadas irritaciones. Porque pasados unos cuantos días ya nadie se ocupará de lo sucedido y tampoco se preguntará por qué una fundación, banco o mecenas no han surgido para suplir el dinero que faltaba para completar la puja. Como casi siempre, también en esta ocasión han sido un par de españolitos anónimos quienes han voceado y alertado sobre lo que iba a suceder, pero sus denuncias y gestiones no han conseguido el menor resultado. Ante la opinión pública el ministro ha salvado la cara con sus manifestaciones (¿por qué no se entretiene en leer los anuncios de las subastas internacionales donde los expolios de arte españoles son continuos?), las instituciones españolas han cumplido su papel con su generosa oferta y los medios de difusión han divulgado la venta para sonrojo momentáneo de sus lectores. Estos gestos los hemos visto repetidos una y mil veces en casos semejantes pero el cáncer perdura y la metástasis no alcanza a sus responsables. ¿Acabará esta situación alguna vez?

FRANCISCO FERNANDEZ PARDO
Artículo publicado en "Diario La Rioja" con fecha 13 de Julio de 2008

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