Francisco Fernández Pardo
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¿QUE PODEMOS ESPERAR DE NUESTROS POLITICOS? (Y II)

En anterior artículo mencioné, entre otros temas, los avisos que recibimos del mundo intelectual en relación con los abusos del llamado "crecimiento" y de la frenética especulación mantenida en los últimos decenios, pero también la fatal carencia de todo método de prospectiva y previsión cuya ignorancia nos han llevado no sólo a la crisis financiera mundial, sino a situaciones-límite en cuanto a insoportables excesos de población, de emigración, de carencias energéticas; a situaciones antes desconocidas por el avance del terrorismo, de enfermedades nuevas, de hambrunas pavorosas, de contaminación generalizada, del calentamiento del planeta, situaciones sin duda achacables a un santificado "desarrollo" nacido bajo la creencia de que el crecimiento económico era equivalente a "progreso", el cual iba a traernos el bendito paraíso de un "bienestar" ilimitado, sin otros "malestares" gravísimos.

Pues bien, ante el actual desastre financiero hemos llegado a un grado de crisis y de desesperación en el que pocos dudan que se imponen medidas drásticas (ahora se dicen "estructurales") que conduzcan a un nuevo modelo económico, a una nueva alternativa que recoja los aspectos positivos de otros que quedaron marginados en el pasado. Y parece que nadie duda que ese modelo alternativo, que exige sacrificios, creatividad, gran valentía y sobre todo medidas técnicas, debe ser responsabilidad de nuestros actuales políticos los cuales deben empuñar el timón de las reformas y dirigirlas.

Ahora bien, instalados en el poder y bajo nuestra discutible y azarosa democracia, ¿qué cabe esperar de ellos? ¿Encontramos en nuestros parlamentos españoles gentes verdaderamente preparadas, resueltas y con programas resolutivos capaces de dirigir ese timón? ¿Nos dan con su conducta un ejemplo de honradez, eficacia y desprendimiento para emprender las reformas? ¿Habrán de ser capaces de emprenderlas a riesgo de que se hunda su propio partido y su propio cargo? ¿Escuchamos acaso de sus proclamas las soluciones prácticas para resolver los angustiosos problemas del presente? ¿Acaso no vemos que desde hace mucho tiempo el mejor plantel de técnicos e intelectuales que tenemos han sido proscritos, han huido de la política y se ha refugiado en la abstención? ¿Dónde están los foros, periódicos y medios de difusión donde puedan expresarse? Se dirá que sin ideología no hay política y que ambas son necesarias para inspirar cualquier reforma, pero no es menos cierto que la técnica y la capacidad juegan un papel primordial para ejercer con eficacia dichas reformas.

Desgraciadamente y por lo que día a día contemplamos muchos de nuestros políticos (acepto sin dudar que existen excepciones) parece que no dan la talla intelectual, el nivel técnico y ni siquiera la altura moral suficientes. No sorprenden precisamente por sus destellos creativos en punto a la resolución de problemas. Al oírles, dan la impresión de que no tienen otro horizonte que el de combatir al partido contrario para conservar el pesebre y el sillón, cuando los graves problemas a enfrentar precisan de mucha lectura y extensos conocimientos, grandes sacrificios en el presente, un diagnóstico certero de los problemas y larga mira para resolverlos a lo largo de decenios. Lejos de ello, vemos como digo que sólo piensan en su reelección, en los enredos de su partido y en ampliar el número de sus electores; y les resulta dificilísimo pensar a largo plazo, pronunciarse sobre medidas tajantes, sin que exista conciencia alguna de su papel y de sus enormes responsabilidades ante el negro futuro de las próximas generaciones.

Tal calamidad nada puede extrañar si consideramos que en el sistema político prevaleciente quienes ocupan los puestos más relevantes pocas veces han evidenciado en su vida civil o profesional una competencia demostrada, y los elegimos a causa de un "nombre", bajo listas fijas y anónimas, por un bombardeo publicitario y con métodos de hace cien años. Reelegidos una y otra vez se perpetúan. Decididamente están atrincherados en su pequeño mundo burocrático particular y partidista de estancamiento, posición y prestigio. No es extraño que perdurando en los cargos, acaben como las aguas estancadas: corrompiéndose y formando una casta parasitaria, sostenida por un sistema plebiscitario obsoleto, en el que el ingenuo ciudadano votante cobra un papel de marioneta incapaz de pedir cuentas -y responsabilidades- al sobrevenir los constantes escándalos, fraudes y corruptelas que nos ofrecen.

De este modo y disfrutando de un sistema político tan arcaico, muy poco puede esperarse de muchos representantes y directivos mediocres (¡no digo que sean todos!...) que, aferrados a sus disensiones y disputas por descabalgar al contrario, siguen impasibles aferrados a su privilegiada posición creyendo en "desarrollos sostenibles" y otras zarandajas sin atreverse a plantear otro modelo alternativo al nefasto capitalismo proyectado para proteger y amparar las rentas del capital sin medir las consecuencias sobre los asalariados. Es peligroso que estos señores no adelanten sus previsiones en más de cuatro años y no se planteen qué clase de crecimiento hay que amparar y en beneficio de quién, ni tampoco sus efectos negativos bien sobre las rentas del trabajo o sobre los efectos de los recursos y del medio ambiente. Que continúen hacióndonos creer en la falacia de que la destrucción del medio ambiente es siempre reversible. Que no se planteen la imposibilidad de continuar con un crecimiento imposible e ignorando esfuerzos para reducir sus efectos negativos. Que vigoricen entre las gentes un consumismo desorbitado equivalente a "progreso social", y al tiempo pregonen austeridad penalizando el ahorro e incrementando los gastos gubernamentales, mientras hablan de "problemas de liquidez" en el sistema. Que no se planteen que la gente puede duplicar sus ingresos sin que ello signifique que se encuentre dos veces mejor. Que carente el país de fuentes de energía y de recursos propios planteen una economía expansivas de imprevisible futuro pero de gastos incontenibles. Que consientan la obtención de beneficios privados escandalosos sin que ello repercuta en el mayor reparto de la riqueza. Que no se interroguen sobre quienes deben ejercer la participación y el control en la dirección de las empresas, en el control de los bancos y cajas de ahorro y en el reparto de las utilidades. Que no se planteen la destructividad y agresividad inherentes al sistema capitalista que, como lo evidencian los hechos, necesita del colonialismo y la expoliación, la amenaza, la disuasión y un apoyo militar para sostenerse. Que siguen creyendo en los sofismas del "mercado libre" y sin control para incentivar la economía autorizando en bancos y cajas de ahorro usuras, abusos y fraudes nunca consentidos. Que contemplan el derrumbe de la "ética" capitalista y monopolista y se apresuran a sostener un canallesco y depredador sistema sin buscar otras alternativas de mayor justicia social. Que lejos de comprender las tensiones que alimenta el hambre, las desigualdades sociales y la opresión, de forma simplista achacan todos los males a la subversión política, al terrorismo, a la codicia humana o a las religiones. En fin, que no se preguntan en ningún caso: ¿crecimiento para qué? ¿Para vivir más allá de nuestros ingresos? ¿Para seguir abriendo más la brecha entre países pobres y ricos? ¿Para perpetuar el crecimiento del paro? ¿Para que ciertos países gocen de ese crecimiento en detrimento de los más débiles y no se haga nada para redistribuir mejor la riqueza? ¿Para sobrealimentarnos y consumir más proteínas de las que necesitamos, o alimentar con ellas a la ganadería? ¿Para seguir amparando una revolución tecnológica sin la correspondiente revolución social y política? ¿Para doblegarnos ante un incierto trabajo que no ofrece seguridad, ni oportunidades de progreso y esparcimiento? ¿Para continuar con la actual parálisis del proceso democrático sin reorientar la economía y sin cambiar las instituciones? ¿Para seguir desdeñando cualquier modelo de existencia concerniente a variar las metas y a recuperar valores perdidos?

Ahora resulta que nuestros políticos, incapaces de resolver nuestro gravísimo problema de la energía, quieren inyectar dinero público en el sector del automóvil sin preguntarse en los costos energéticos y si nos hacen falta distintos automóviles o más bien hacer durar los actuales y tan siquiera pensar en el colapso de las carreteras. No voy a examinar los efectos de otras medidas adoptadas para resolver la crisis, harto discutibles. Pero este caso como el del descaro y osadía de los "trusts" financieros e inmobiliarios, incluidas empresas de electricidad y telefonía, demuestran la complicidad de unos gobernantes que lejos de emprender con resolución las duras medidas apremiantes que los problemas exigen, lo que han hecho es consolidar su situación financiera, desviar su responsabilidad en el gobierno de la economía y para no oponerse a los intereses de los grupos del poder financiero contribuir a sostener con el dinero de todos tan desprestigiado como fraudulento sistema. Vale decir que se han limitado a inyectar ingenuamente dinero público en los sectores culpables de la recesión que sufrimos, permitiendo que con el dinero del contribuyente se siga ejerciendo la usura y la especulación más escandalosas sin titubear en endeudar al Erario y a los ciudadanos durante muchos años. Esto hará pensar a más de uno que el voto que proclama es el que lo esclaviza, y recapacitar más a la hora de ejercer su derecho en las elecciones.

Sin duda vamos a aprender una vez más por "shock": cuando alcancemos más de cinco millones de parados, se hunda la industria y la recesión empobrezca aún más a los más débiles agudizándose las tensiones sociales. Escarmentaremos y adoptaremos cambios previsibles sólo cuando la recesión perdure años sin alcanzar a los culpables y continuemos sin hacer nada por resolver el desamparo de los pequeños empresarios y el control de los bancos y la bolsa. Mientras tanto, algo habrá que hacer para atajar la vergonzosa evasión de capitales a los paraísos fiscales; para batallar contra el fraude fiscal; para dar solución al millón de pisos vacíos y a los miles que existen por concluir; para exigir una investigación a fondo en los balances de las grandes empresas y democratizar de una vez las cajas y aumentar los institutos de crédito oficial; para atajar los escandalosos beneficios de ciertas entidades y los altos sueldos de sus directivos, etc. Falta reorganizar el Estado hasta que adquiera muchas de las prerrogativas perdidas y reducir sus costos, arreglar el penoso sistema educativo, liberar el área sindical y la desdichada justicia hipotecada en manos de los políticos; es necesario reducir la sangría de las Autonomías y la multiplicación de los funcionarios, reducir las horas de duración y sanear las televisiones públicas y privadas, plagadas de inmundicia.

Por otra parte, al mismo tiempo que falta por dedicar al desempleado que cobra una suma del Erario en un trabajo u ocupación digna de servicio a la comunidad (yo acepto el desempleado pero no el parado), es menester pensar en el millón y medio de desgraciados que se van a quedar enseguida sin percibir el subsidio de desempleo. Pero también falta emprender una nueva y democrítica representación ciudadana para poder sentar a los intocables políticos en el banquillo y reformar el sistema de elecciones, etc. Nada de todo esto se puede hacer sin establecer cambios notables y medidas drásticas y urgentes que pongan en riesgo la continuidad del actual Gobierno. Pero, ¿acaso vemos indicios de que se emprendan esas medidas? Causa pánico ver un Gobierno ¡socialista! incapaz de pedir cuentas a los "trusts" financieros por sus abusos y derroches, desconcertado ante la inoperancia de sus pueriles medidas, temeroso de emprender nacionalizaciones y sentar la mano a quienes han arrojado millones de seres al paro mientras crece la Bolsa y se hunden las pequeñas empresas que más empleo generan. Del mismo modo deja perplejo escuchar a una oposición vocinglera, renuente a cualquier pacto de Estado, que sólo proclama frases hueras y brillantes sin ofrecer mejores soluciones a problemas concretos mientras contempla los estragos de la actual crisis en la población, tan solo esperando a que el Poder caiga en sus manos ante la desesperación de quienes más padecen sus consecuencias y esperan un milagro.

Pues bien, ahora que el sistema económico que disfrutábamos ha demostrado su inoperancia y la verdadera faz de sus dirigentes, desbordados en su mayoría por imprevisibles problemas que no supieron predecir, es menester unir fuerzas, agudizar el ingenio y tener agallas para inventar entre todos otro futuro sin temor a adoptar los cambios que sean necesarios. Acaso sin saberlo y como lo prueba el descaro de muchos de quienes nos representan, la falta de ejemplaridad de quienes nos dirigen y controlan, las constantes noticias que recibimos sobre corrupciones y las luchas sordas que mantienen por el poder, hemos estado instalados en un montón de basura que huele por todas partes. ¿Qué ocasión tan propicia ha llegado para regenerar y sanear a fondo un sistema tan corrupto e inoperante, y emprender de una vez las reformas revolucionarias que el momento actual exige! El escenario expuesto, bien lo sé, resulta especialmente negativo pero, como dije antes, las gentes sólo reaccionan ante situaciones-límites, por eso hay que atreverse a aventurar lo que parece irremediable porque el optimismo lleva al conformismo, a la confortable pasividad y no a la adopción de medidas.

¿Aprenderemos a encarar "otro futuro", a llamar las cosas por su nombre y a anticiparnos a cuanto nos han pronosticado antes de que nos veamos arrollados por la avalancha de tensiones sociales que nos amenazan?

FRANCISCO Fernández PARDO
Académico C. de la Real Academia Catalana de Bellas Artes de Sant Jordi (Barcelona)

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