Francisco Fernández Pardo
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DECIDIDAMENTE, NO APRENDEMOS (I)

Decididamente, no aprendemos. En la opulenta sociedad occidental creíamos haber superado el comunismo al sustituirlo por un triunfal capitalismo, capaz no sólo de lograr un reparto más equitativo de la riqueza, sino de exportar la justicia social y el reparto de los bienes que disfrutábamos a los países ahogados por la miseria en el mundo. Y sin embargo de repente nos hallamos ante un capitalismo en bancarrota por el fraude manifiesto de multitud de instituciones y personas que han desacreditado y corrompido el sistema, y ante unos países del tercer mundo todavía más hipotecados, más empobrecidos y hambrientos a los que también se les ha vedado la huida a nuestro "paraíso" antes de sucumbir.

De bruces hemos abocado a este dramático panorama. ¿Era previsible? Sin duda no para nuestros políticos y tampoco para muchas instituciones y altos directivos que tenían el deber de prever las consecuencias de un desarrollismo tan desbocado y ficticio. Desgraciadamente nuestros conductores no son los más expertos y han ignorado los escollos y amenazas que envolvían un "crecimiento" del que se envanecían. Sobre todo han ignorado algo fundamental: han desconocido el significado de la prospectiva, es decir, las predicciones que los mejores hombres de ciencia del Club de Roma habían pronosticado ya en 1972 y que yo me dediqué a divulgar mediante un ensayo titulado "La otra alternativa".

En aquel año, reunidos las mentes más preclaras de las diversas ramas del saber plantearon un debate sobre los límites del crecimiento basado en los estudios de Forrester y sus computadoras en el Instituto Tecnológico de Massachussets y anunciaron que, de seguir el consumo desenfrenado y la especulación, al cruzar el siglo no sólo habríamos de sufrir la escasez de determinadas materias primas naturales, sino también la escasez del petróleo, el calentamiento global del planeta, el aumento creciente de la contaminación y el exceso de la demografía en el mundo. Llegaron esas plagas, pero ¿se han emprendido acaso medidas tajantes para remediar los males anunciados? Junto al temerario crecimiento exponencial de la población pronosticaron también que la loca carrera hacia una mayor productividad y un consumo desenfrenado habrían de traer consigo tremendas emigraciones y éxodos rurales inevitables, pero también la ubicación de grandes concentraciones humanas en límites estrechos, e igualmente el arrasamiento de tierras labrantías lo cual repercutiría en escaseces alimentarias y hambrunas de dimensiones mundiales.

¿Qué se ha diseñado para frenar estos problemas sobrevenidos? ¿Qué se ha hecho para ¿inventar otro futuro? Desgraciadamente hemos seguido creyendo estúpidamente en un desarrollismo a ultranza aunque lo hayamos matizado con la manida frase de "desarrollo sostenible", sin dejar de impulsar un crecimiento incontrolado que, como anunció Marx, puede transformar las fuerzas de producción en fuerzas de destrucción. Y en efecto, la meta de una actividad tan irresponsable cuya meta es dilapidar los recursos de la Tierra y maximizar las ganancias para una veintena de naciones, ha demostrado que puede arrastrarnos a una hecatombe de dimensiones increíbles si continúan creciendo las tensiones internacionales y las guerras, la competencia, el paro, creciendo la basura, creciendo el hambre y las enfermedades en el mundo, escaseando el agua, disminuyendo la pesca, etc. Basta indicar que si el pueblo chino llegara a alcanzar los niveles de "bienestar" del norteamericano se necesitarían trece Tierras para aprovisionarles. Estas nefastas consecuencias guiadas por el deseo ciego de elevar la productividad y la ganancia, junto a los "malestares" consiguientes ya se anunciaron por aquellos ilustres pensadores (Commoner, Chomsky, Marcuse, Levi-Strauss, Samuelson, Samuels, Toynbee, Skinner, U That, etc.) apenas leídos en la actualidad, los cuales nos previnieron que "los actuales valores del mundo y las resultantes tendencias al crecimiento demográfico, tecnológico y industrial no pueden persistir más de unos cuantos decenios".

Lo más curioso es que entre las amenazas que citaban en ningún caso previeron otra gravísima que nos ha arrollado de forma incontenible: la de la catastrófica especulación financiera que hoy nos abruma y sorprende. Transmitieron unos mensajes de urgencia, pero se ha hecho muy poco para remediar los males que anunciaron y menos para prever otros imprevistos que nos han desbordado. Ahora nos encontramos con que el país del futuro a imitar, los Estados Unidos, ha desencadenado con su orgulloso y fraudulento sistema financiero una catástrofe imprevisible que ha cogido a contrapié a todos los prohombres que dirigen el mundo. Resulta increíble que un personaje como Busch ignorara o despreciara la contaminación, el cambio climático o el calentamiento global y no viera tampoco que el terrorismo era el resultado de la depredación y de su propia política en el mundo, y más increíble y nefasto que los altos directivos que controlan el cotarro financiero mundial, el mismo Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, no previeran las consecuencias de una especulación tan masiva y criminal que ha arruinado la economía mundial y hundido todavía más a los países más pobres.

Esta bancarrota generalizada ya está instalada entre nosotros. ¿De dónde deriva? Muchos hablan de que el origen se encuentra en las "sub primes" americanas, en el descontrol del sistema financiero, en la difusión de los fondos tóxicos, en la vergonzosa falsificación de los activos, etc., pero yo creo que, al margen de otras causas, esos efectos son síntomas reales de una metástasis cuyo origen se encuentra no sólo en la falta de controles estatales para poder fin a la desbocada avaricia de los grandes "trusts" financieros sino también al despilfarro de casi tres billones de dólares que han supuesto las últimas guerras perpetradas por los Estados Unidos. Se trata de unos dispendios enormes sin el menor retorno originados por guerras ilegales justificadas en razón de un canallesco y exaltado nacionalismo bajo el cual se escondía el dominio y la protección de las fuentes energéticas más importantes de la Tierra, absolutamente indispensables para mantener el imperialismo norteamericano y sus multinacionales, hoy heridas de muerte al no poder sostener unos dispendios tan insoportables pero que, sin embargo, no tardarán en levantar cabeza porque lo dominan todo.

Desgraciadamente el mundo no se conduce por gentes preparadas y quienes lo están y escriben, investigan y hablan en los pocos foros que les son propicios, tampoco son escuchados por unos políticos sin demasiada moral y que apenas leen y escuchan, siempre renuentes a adoptar medidas preventivas o resolutivas que desequilibren sus sillones o comprometan el poder que ostentan. Porque no es cierto que de tiempo en tiempo y proclamadas por mentes preclaras no aparezcan previsiones concretas ante las que no se reacciona; por ejemplo, la que desde hace un decenio venía advirtiendo a los españoles de una peligrosa burbuja inmobiliaria que nadie detuvo o corrigió a tiempo. También era previsible la asfixia de las grandes ciudades ante tantos coches. O la peligrosa dependencia y el dominio aplastante de las multinacionales y bancos sobre los gobiernos. O lo que significaba para España el paulatino abandono de la agricultura y el desmantelamiento de sus mejores industrias navales y metalúrgicas. O los destrozos ecológicos y medio ambientales que una especulación sin conciencia estaba originando en nuestro litoral mediterróneo. O la incorporación a nuestra economía de empresas multinacionales extranjeras que, en cuanto cambiara el viento, habían de emprender el vuelo tras el menor contratiempo, como así ha sido. Y es que la codicia es ciega y nadie es capaz de corregir los excesos adoptando medidas necesarias pero impopulares que resten votos y se atrevan a poner bridas a quienes controlan la ruta y el caballo. Y luego nos sorprendemos cuando éste se desboca y se hunde el carromato. Junto a esto es calamitosa por ejemplo la ausencia de verdaderos técnicos o científicos en el Parlamento español y también que nuestro sistema democrático se mida por mandatos de cuatro años, sin límites en la reelección y bajo la bochornosa protección del aforamiento. Otro día hablaré sobre la degeneración que ha sufrido nuestro obsoleto sistema económico y democrático y sobre la necesidad de aplicar medidas correctoras protectoras antes de que la peste que extiende y corrompe el tejido social nos contamine a todos.

FRANCISCO Fernández PARDO
Académico C. de la Real Academia Catalana de Bellas Artes de Sant Jordi (Barcelona)

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