Francisco Fernández Pardo
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La otra alternativa
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La otra alternativa

La otra alternativa

Prólogo

José Luis Pinillos

Catedrático de Psicología de la Universidad Central
Académico numerario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

Si hay algo que el lector jamás podrá decir de este libro, creo yo, es que no le ha impresionado. Confiesa su autor que lo ha escrito con ánimo deliberadamente provocativo, y es cierto, pero por sí solo eso no explicaría ni remotamente la garra intelectual que, sin duda, posee la obra. Es fácil, en efecto, ser provocativo sin más; sumamente difícil, en cambio, serlo inteligentemente.

El libro que tiene el lector en sus manos es, por llo pronto, un inexorable y certero análisis de la situación espiritual de nuestro tiempo, que no cede en agudeza y audacia a aquel otro análisis que, con similar propósito y no menos rigor, escribiera en 1931 el inolvidable Karl Jaspers. Excepto que el mundo que se refleja en este nuevo espejo crítico del siglo XX que es, a mi juicio, La otra alternativa, presenta un aspecto mucho más sombrío del que tenía la Europa de los años treinta. De alguna manera, tras el brillo consumista de nuestra civilización se transparenta una sorda inquietud; sus luces son como las de un incierto atardecer al que puede que no siga ningún mañana.

De hecho, la realidad que analizan los primeros capítulos de esta obra desvelan la figura de una sociedad atrapada, puesta contra las cuerdas de la historia por sus propias contradicciones y, en definitiva, empujada al borde de la autodestrucción por su egoísmo y falta de visión. Así, bajo este signo agónico es como inicia el autor su dramático intento de poner sobre aviso a la adormecida conciencia de Occidente, cuando aún es tiempo "acaso" de que ponga en tensión los entumecidos músculos de su cuerpo social y reaccione ante el peligro que la acecha.

Al diagnóstico sigue luego una oferta de "reality the-rapy", de vuelta al principio de realidad, es decir, un proyecto de cordura fundado en una ética y una imaginación creadoras que, eventualmente, puedan evitar el hundimiento: porque garantía cierta de triunfo no la hay, ni la promete el autor. A la postre, La otra alternativa es una libre opción que hunde sus raíces en la voluntad del hombre de carne y hueso, y no va a salvar de sus males a la humanidad al conjuro de una mera ideología, de una abstracción mesiánica que releve al individuo de su drama personal, esto es, del drama de proyectar y realizar su propia vida, de la responsabilidad de abrir su mente a un horizonte de esperanza.

No es que Fernández Pardo, quede esto claro, sea un catastrofista, ni juegue al Apocalypse now. Lo que ocurre es que no se hace muchas ilusiones sobre lo que ocurre en el mundo que le ha tocado vivir. Conoce la vida, y las sinrazones que la guían bajo la cobertura de las más cartesianas reflexiones. Por eso, la mirada con que contempla la vida alrededor es realista, y el cuadro que ofrece resulta impresionante. En el empeño de poner al descubierto los problemas, Fernández Pardo es simplemente exhaustivo y descarnado: no es despiadado, ni es injusto. Reconoce y valora los aciertos y logros de la civilización industrial, ni que decir tiene, y justamente por ello, porque los tiene en mucho, es por lo que se pone de parte de los que intentan conjurar a tiempo los graves peligros que se ciernen sobre el futuro de una humanidad que vacila entre el temor y el aturdimiento. En este sentido, consciente al máximo de lo que está en juego, el autor no hace una sola concesión a la galería y no se olvida de nada de cuanto debe decirse en una hora tan grave. A lo que menos se parece la persona que ha escrito este libro es a un hombre frivolo.

Durante mi, por desgracia, ya nada corta vida intelec-tual, he tenido que ocuparme en muchas ocasiones de te-mas parecidos a los que se abordan aquí, y debo confesar que me ha sorprendido muy agradablemente la maestría con que son tratadas cuestiones tan dispares aunque a la vez tan íntimamente conectadas entre sí como las que componen la letanía de dolores de este Occidente de nuestros pecados. Todos los problemas están, desde luego, cuidadosamente contrastados con datos y documentos de la mayor solvencia; pero, sin embargo, en ningún caso su exposición se reduce a fríos números o episodios aislados. En todos y cada uno de los análisis, las cifras y hechos van envueltos en sagaces comentarios personales, y a la par enhebrados en una reflexión original que se despega, por fortuna, de la agobiante masa de típicos que sofoca al pensamiento contemporáneo. Además, el autor "rara virtud en esta sociedad de libertades" se atreve en todo momento a decirnos lo que piensa y, asimismo, virtud aún menos frecuente, piensa cosas que merecen la pena ser dichas. Tal es lo que acontece, vaya por caso, con las perspicaces páginas que dedica al análisis de la vida cotidiana en la gran ciudad "de cuya lectura he aprendido mucho", a la organización opresiva de ese inmenso pulpo administrativo que es el Estado moderno, al poder y la gloria de los señores de la guerra, al suicidio ecológico de la sociedad industrial, al interminable drama de la agresividad, al sentido del trabajo humano, hoy tan en crisis, a los sinsabores de la vida emocional y de la ansiedad, al proceso de secularización, a los escollos de la civilización industrial, al deterioro de la cultura, a la traición de la inteligencia y al mito del progreso, esto es, al grave error de fondo sobre el que a última hora reposan todos los demás espejismos de la sociedad contemporánea.

Esta dimensión crítica del libro constituye, insisto en ello, un dramático, pero imparcial análisis de la maltrecha realidad de nuestro tiempo: una realidad que, no obstante y a pesar de todo, Fernández Pardo cree que todavía es posible salvar del naufragio que viene. Porque a la postre, a despecho de todas los achaques y debilidades de nuestro mundo, la conclusión en que desemboca el discurso del autor no es la de Skinner "dejar que el caballo desbocado se derrumbe y hacer después lo que se pueda", sino la de anticipar la meta del galope y corregir la trayectoria a tiempo, tirando de las bridas.

Aparentemente, aquí hay un quiebro en el discurso. A la vista de lo que los hombres de hoy han hecho de su mundo y de la vida en él, uno se sentiría tentado de concluir que, en el fondo, la condición humana no es todo lo noble que nos imaginamos y, en realidad, no merece la pasión ni los esfuerzos que nuestro amigo pone en juego para librarla de un eventual desastre. Más bien se inclinaría uno por dejar que cada cual se las apañara como pudiera, que cada uno se construyese un arca para el diluvio, y que a los últimos se los llevara el diablo, según la compasiva fórmula de Heriberto Spencer. Pero, evidentemente, el talante del autor se aviene mal con esa respuesta de indiferencia y evasión. El creador de La otra alternativa es hombre recio y solidario, persona que no se amilana en sus dificultades, ni se desentiende de las ajenas. Yo lo conozco algo y doy fe de que la actitud que mantiene teóricamente en este libro se corresponde muy de cerca con la que en el terreno de la práctica informa su vida personal. La fuerza del proyecto de cambio que pergeóa no dimana de ninguna receta abstracta, ni de ninguno de los dogmas políticos de la política al uso. No es hombre que crea en las posibilida-des creadoras de lo mostrenco. Más bien, pienso yo, se inscribe en el marco de una ética que cuenta con que el progreso técnico y el desarrollo económico han dejado muy atrás la maduración moral del género humano, y se halla persuadido de que el ser humano precisa con urgencia de una utopía posible que le ilusione y fomente en él una conciencia responsable.

Al pronto, en esta postura parecen resonar fuertes ecos voluntaristas. Puede que los haya, no digo que no, pero lo que niego es que, en cualquier caso, eso sea malo. La cuestión es un poco más complicada de lo que pretende la usual dicotomía entre el voluntarismo y el realismo científico. De ningún modo puede decirse sin más, me parece, que en La otra alternativa no se tengan en cuenta los aspectos materiales, económicos, tecnológicos, científicos, sociológicos, etc., etc., de la realidad de la vida. Por el contrario, se tienen muy presentes, así como a las ciencias humanas que los consideran. Y justamente por ello, se sabe que ningún proyecto histórico de cambio se lleva a cabo sin el esfuerzo, sin la voluntad de realización de los hombres y mujeres que lo protagonizan. A la postre, la vida es un movimiento de realización que ha de ejecutar alguien en concreto. El autor de este proyecto está muy al tanto de que los problemas humanos no se resuelven por la acción de un fármaco que opera sin el concurso de los individuos, como un antibiótico de la sociedad. El sabe muy bien que las crisis sociales se producen precisamente porque se debilita el esfuerzo de cada cual y todo el mundo piensa que "un otro" monstrenco, indeterminado, acabaré por resolver los pro-blemas de todos.

Mi amigo Fernández Pardo conoce "the facts of life", conoce la realidad de la vida y sabe por experiencia propia que estas posturas de masa conducen a la pérdida de la libertad. Por ello, teórica y prácticamente se halla a cien leguas de distancia de semejante actitud. De ahí que el libro que nos ofrece no sea neutral. Por el contrario, es un libro esplendidamente beligerante a favor de la humanidad. Abundan en él datos y referencias empíricas a lo que ocurre. Pero la voz del deber, coloreada por la de la esperanza, aparece con frecuencia en el texto, flanqueando los hechos y sosteniendo las metas de perfección que los hacen posibles. Fernández Pardo sabe que a la postre los hechos hay que hacerlos, y que nada humano que merezca la pena se hace sin ilusión: una hermosa palabra que se escucha muy poco en la escéptica sociedad de nuestro tiempo, y que por fortuna no está ausente del texto que comentamos. Al dotar de ilusión a su proyecto, Francisco Fernández Pardo no sólo no ha introducido en él un elemento de irrealidad, sino que por el contrario le ha inyectado ese ingrediente de esperanza sin el que ninguna obra humana consigue llegar a buen puerto. A este hombre nunca se le podrá echar en cara que calló lo que debía decir. Entre tanta falsificación y deleznable demagogia como se encuentra uno en estos tiempos, la obra de Francisco Fernández Pardo quedará siempre como un alentador testimonio de autenticidad responsable y de esperanza de futuro.

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